
Este amor callejero no es como el de los abuelos
que nos dicen
el áspero mineral contagiado a nuestras manos
con cierto lenguaje obsceno y despiadado de las bocinas,
nena,
la fuerza asfáltica donde colisionan a veces nuestros cuerpos
algunas balas ineptas por innecesarias
y unos descarados besos que encienden las esquinas por la noche
cuando nos observan desde lejos las ventanas acusadoras
pensando en cuán bajo hemos caído al amarnos rudos
animales
sucios a la vista de todos
porque los abuelos no lo hacían así
uno lo ve en las películas a blanco y negro
ellos se colaban al granero y se acariciaban entre tanta ropa
por eso es que arde ahora el castigo de la inmoralidad
porque los abuelos, nena, ellos supieron no dejar sus apellidos
en las seis mujeres que parieron los cuarenta y cinco tíos nuestros
y aquello es imposible de alcanzar a nuestros reguetoneros deseos
a mi sueño de que tengas un día, muñeca, una hermosa niña
a quien le pondremos tu nombre.
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