Cuando vayás a ese pueblito, no te olvidés de comprar
collares de cuentas de los que venden aquí y en China, pero que tenga encerrado
el recuerdo de su laguna y su delirante selva. Tomá un carrito de tres llantas
para sentir la brisa o una camioneta, porque no hay nada como el olor de la
gente y los pollos en un espacio estrecho. Tomale fotos a los pobladores que
lucen sus trajes típicos, mejor si son pobres o muy viejitos, pero de lejos
porque pueden cobrarte o acusarte de secuestrador. Metete en cualquier cuerpo de agua 45 minutos
después de comer y con cuidado con las corrientes subacuáticas. Comete un
ceviche, un plato típico en el mercado, emborrachate con l@s gring@s y subí las
fotos a tu perfil para que vean lo cool que te has vuelto y lo bien que se la
pasa uno con vos. Visitá las ruinas porque son más impresionantes ahora que
cuando eran edificios nuevos. Conectate al chat una vez al día para hablar con
alguien que se porte más afable y ganos@ sabiendo que estás de viaje. Visitá el
parque, tomá fotos de las máscaras y los textiles que sólo se venden en Euros.
Suspirá cuando estés empacando; pero antes y muy importante, visitá la iglesia
colonial frente al parque. Es una iglesia hermosa y grandísima, con retablo de
oro, santos esculpidos en madera de hace quinientos años y pinturas exquisitas
y cuando salgás, encomendate a Dios, encomendate mucho a Dios, porque en ese
pueblecito ¡Ha!...
goríron
lunes, 9 de enero de 2012
lunes, 17 de octubre de 2011
sólo dios y los perros
Hace un mes que
ya no hace el mismo frío endemoniado de invierno. En esta ciudad es
tardísimo desde que oscurece. Se ha vuelto muy poco activa durante las noches
desde que los barrios ya no son seguros y sólo se puede salir los fines de
semana o cuando hay feria de cuaresma, como ahora. Desde lejos llegan los
gritos o algo parecido. Con la paranoia diaria cree oír gritos o vibraciones de
móvil a cada poco. Ladridos, tal vez son ladridos, siempre se escuchan durante
la noche y ahora debe estar confundiéndolos con gritos humanos. No, de verdad
son gritos. Se han escuchado varias veces. Bueno, nada que hacer, la policía
nunca hace nada al respecto y no tendría una dirección que darles. La dueña de
la casa está cenando. Le desea buenas noches. Sube a descansar, su habitación
en un segundo piso, luego de atravesar una terraza pequeña. Los gritos ganan
intensidad. Voltea hacia el lugar de donde provienen éstos y advierte una rueda
de chicago funcionando con todos sus neones encendidos a lo lejos, donde de día
se puede ver la iglesia de la plaza. Piensa que es todo un alivio, se reprocha
por ser un paranoico de mierda. Va a dormir. Enciende la lámpara de su mesita
de noche, se desviste, se mete en la cama, enciende la televisión. Al cabo de
un rato apaga todo. La luz del alumbrado público se cuela, anaranjada, desde la
ventana junto a la cama, se duerme con dificultad.
Se despierta,
debe ser de madrugada porque no se oye nada. Un perro ladrando a lo lejos.
Ganas de orinar, se sienta sobre la cama. Odia la idea de bajar al baño pero
debe hacerlo. Se pone la bata y sale. Ahora son dos perros los que ladran. Baja
y orina. Se oye un grito aislado. Termina de orinar y pasa una ráfaga de viento
que sacude un poco las plantas del jardín. Sube las escaleras. Eso fue, el
viento. Otro grito, otros perros empiezan a ladrar. Ha llegado a la terraza y
mira hacia todos lados. Otro grito y esta vez es fuerte y claramente un grito.
Tal vez están atacando a otro perro, los gritos de los perros también suenan
como humanos cuando los atacan otros perros. Una palabra. Esta vez han gritado
una palabra y se oye que los perros gruñen furiosamente. Viene de los talleres
mecánicos. Seguro los dueños no tardan en salir y calmar a sus perros. Ya no
son gritos aislados. Ahora es un grito largo entre los gruñidos mientras una
angustia aguda se apodera de la única persona que los escucha. No puede usar el
teléfono, tendría que despertar a la dueña de la casa y entrar a su habitación.
Qué se supone que haga. Si se viste y sale a la calle es probable que ya no
escuche los gritos. Lo mismo pasa con los disparos y las fiestas, una vez a la
altura de la calle ya no se pueden oír. Incluso si llegara, nada podría hacer
contra los Rott Weiler o los Pitt Bull que normalmente cuidan los negocios. Ha
pasado allí anteriormente y sabe que esos perros son bestias apocalípticas que
ladran a los peatones, babeantes de pensar en su sangre y su carne. Seguro es
un ladrón el que grita; incluso, quizá un asesino, en cuyo caso, bien merecido
se lo tiene, por haber tratado de entrar en propiedad ajena a saquear y tal vez
hasta violar y matar. Los perros dejan de rugir y han vuelto a ladrar. Ahora ya
nadie grita. Vuelve a la cama. Se oye desde lejos que alguien corre, golpeando
fuertemente el calzado contra las piedras de la calle. Grita a cada poco.
También se oyen muchos otros pasos más silenciosos que le dan persecución.
Suelta un grito desgarrador y los perros rugen
disputándose algo, esta vez mucho más cerca. Otro grito. Debería salir, pero
no ayudaría en nada. Otro grito largo. Seguro es culpa de los dueños de los
talleres por alimentar a sus perros con sangre de pollo y de vaca y carne
cruda. Ahora si podría ser cualquiera el que grita en la calle. Bueno, no
cualquiera sale de madrugada. Los gritos no se detienen. Sí, seguro es un
ladrón, un ladrón que grita muy agudo, o una ladrona, porque ahora hasta las
mujeres han empezado a robar, matar y
secuestrar. Igual hubiera sido si llamara a alguien, la policía nunca hace
nada. Han dejado de gritar y se oyen gruñidos y ladridos por unos segundos más.
Tal vez era un perro. Seguro era un
perro, si no, los vecinos hubieran salido. Vuelve a dormir.
martes, 4 de octubre de 2011
Figurín
El desconocido le pregunta la hora, parece que son las once y media. Deben serlo. Calcula que sólo ha pasado media hora desde que vio el reloj en el centro comercial. Figurín no quiere sacar su teléfono, tendría que encenderlo y esperar la animación introductoria para ver la hora. No lo hace, pero la pregunta de aquel extraño le despierta curiosidad por saber la hora. Se suma otro desconocido y le pregunta la hora a fin de condescender con el primero. Once y media.
Llega el bus. Es un colectivo que va de la capital a una ciudad portuaria en la costa sur. Seis horas de viaje en total. Figurín nunca paga pasaje. Los pilotos y sus ayudantes lo conocen. Es originario de un pueblo que queda en el trayecto entre la capital y su ciudad de destino. Siempre toma ese bus a la misma hora. Su maquillaje es muy característico. Al piloto de hoy le gusta una de sus bromas. El desconocido que le preguntó la hora se sienta casi al fondo del bus. El otro, el que les dio la hora se sienta junto a una joven muy atractiva. El ayudante cierra la puerta. Dos minutos después de abordar el bus, Figurín empieza su rutina de chistes inocentes. Hace un par de trucos de magia. Saca una bolsa colorida y comienza a pasar entre la gente. Su maquillaje de payaso es muy característico. No usa una nariz roja, sino que se pinta la punta de negro como un perro. Habrá pasado muy poco tiempo desde que salieron de la capital y ya empieza a hacer un calor tremendo. Suerte que el bus no está demasiado lleno, de hecho el desconocido que preguntó la hora está solo en su asiento. Figurín termina de caminar hasta la salida trasera. Se sienta junto al primer desconocido. Antes de sentarse lo observa desde atrás. Es un hombre alto de cabeza rapada, camisa deportiva negra (playera remera t-shirt), jeans azules, complexión robusta, calzado deportivo blanquísimo. El payaso se sienta junto a él con algo de dificultad por los zapatos largos. Los días se habían vuelto largos para Figurín. Cada mañana se levantaba a hacerle el desayuno a su esposa, planchaba el uniforme de empleada bancaria y la llevaba de la mano a la estación del bus. Al principio a ella le daba vergüenza que la vieran por la ciudad de la mano de un payaso, pero eventualmente tuvo que ceder, aunque nunca dejó que la encaminara hasta la puerta de su trabajo o le llevara el almuerzo vestido así.
El desconocido no sabe que su compañero de asiento tiene un buen teléfono apagado en su bolsillo, asume que nunca lleva móvil consigo cuando sale a trabajar. Le preguntó la hora cuando salieron y este le dijo que calculaba que eran las once y media. Llegando a un tramo largo y deshabitado de la carretera, el desconocido se paró, pidiéndole paso a Figurín. Se acercó al ayudante que, sentado sobre una cubeta, veía el paisaje de todos los días y ¡Pum! De los pantalones de lona azules, sale un arma negra que le vomita un disparo al ayudante, luego abre la puerta y tira el cuerpo mientras ordena al piloto que no se detenga. Comienza a avanzar hacia la parte de atrás del bus, directo hacia Figurín, que se encoge de hombros, mira hacia otra el suelo y muestra la bolsa donde recolectaba el dinero. Para su sorpresa, siente la mano del desconocido apretándole el brazo y la vibración de su voz que anuncia que todos deben poner sus pertenencias de valor en la bolsa de “su compañero”. La misma voz susurra en el oído de su cooperante forzado que, de negarse, no vacilaría en matarlo a él también, que no se disculpe ni diga palabra alguna a los pasajeros. Todos ponen sus billeteras y teléfonos celulares, cadenas y anillos en la bolsa de colores del angustiado personaje, mientras el desconocido, pistola en mano se sienta junto a una estudiante joven y la intimida, acariciándole los pechos.
Figurín siente una tensión horrenda en la nuca cuando presencia aquella escena. No alcanza a escuchar lo que el delincuente dice al oído de la pobre muchacha. Se acerca al hombre armado y le hace una seña con la cabeza de que ha terminado la colecta. El desconocido se levanta, tomando a la muchacha de la mano y forzándola a hacia la salida, gritando que nadie debía hacerse el “Superman” si no quería verla morir. La muchacha tira instintivamente su identificación junto al asiento para que el criminal no sepa dónde vive. Él la conduce hacia la salida, forzando al payaso que, al estar a su espalda, sólo puede a avanzar por el pasillo en la misma dirección. Obliga al piloto a parar en medio de la nada. Cañaverales y más cañaverales a ambos lados de la carretera. Trata de hacer bajar a la joven, pero ésta se resiste, tomándose del tubo, sabe que el extraño quiere violarla. Dice que no va a bajar ahí. El payaso cierra casi completamente los ojos porque el cañón de la pistola le apunta a la cara a la mujer y no quiere verla morir. El de camisa negra la suelta sin disparar y bufa para mostrar su frustración. El piloto cierra la puerta y continúa la marcha.
A punta de pistola, el hombre hace avanzar al payaso por entre los cañaverales. Figurín piensa que no va a sobrevivir, y de hacerlo tendrá que cambiarse de ruta, de maquillaje, de sobrenombre y tal vez hasta de trabajo. Habría que negociar con los payasos de las otras rutas y explicarles. Piensa que debió hacerle caso a Pepy en evitar la ruta de la costa sur y que Gusanita se va a sentir defraudada cuando lo vea con un atuendo distinto, usando nariz roja como todos los demás (A Gusanita le sale extraordinariamente aquel paso de break dance del que tomó su nombre. Sí que baila esa payasa). Recuerda la protesta que hizo el gremio de payasos frente a la casa presidencial en la capital. Protestaban por la criminalización de sus miembros a raíz de varios asaltos perpetrados en la urbe con tales disfraces. Durante la protesta, uno de los asistentes encontró a tres infiltrados que no estaban en la lista y comenzaron a golpearse. En cuestión de segundos el pleito se generalizó y, aunque no hubo muertos, no hubo payaso que no saliera con unos cuantos golpes.
Se van adentrando en los cañaverales y el hombre se saca la playera, Figurín siente pánico de pensar que, en su frustración, aquel sujeto decida violarlo a él. Cuando llegan a una carretera casi paralela, su acompañante tiene una camisa rosa con estampado que guardaba en una bolsa especial del pantalón cosida junto al tobillo, misma que ha llenado con lo robado en el bus; descartando los contenedores del dinero como billeteras y monederos, las tarjetas de débito y los móviles baratos. La camisa negra la ha dejado perdida en el cañaveral. Siguen caminando junto al pavimento hasta llegar a una venta de almuerzos y golosinas. Debían ser las tres de la tarde, tenía los pies ardiendo por haber caminado tantos kilómetros con zapatos de payaso. El de cabeza rapada le ordenó sentarse en un tronco junto a la tienda y pidió dos refrescos y maní salado. Le lanzó una bolsa de maní a su acompañante payaso y comenzó a hablar de la vida al extenderle el brazo con el refresco que le correspondía. Fingiendo acento extranjero, hablaba de una decepción extraña y vaga que había sufrido sin dar detalles, nombres o lugares. Preguntó a Figurín cuál había sido la decepción que había sufrido. La razón por la cual se había convertido en payaso. Aquella pregunta ofendió no poco al muy bien planificado personaje, pero, ya que no era él el del arma, inventó una historia vaga y trágica sobre una niñez en un barrio pobre. El desconocido solamente asintió. Terminan de comer. Otro bus se aproxima y los dos se suben, esta vez van ambos directo al asiento de atrás. Figurín escucha instrucciones y se levanta, ya con la bolsa de colores en mano. El desconocido va directo al ayudante y repite la operación del bus anterior, ahora con más premura. Mientras el payaso recoge el botín, el armado manosea a otra muchachita que solamente alcanza a encogerse de hombros y llorar. Esta vez no se sienta junto a ella, lo hace de pié.
Algo anda mal con un tipo en uno de los asientos traseros, precisamente el que va sobre la llanta del lado del pasillo. No baja la vista como todos los otros. Figurín siente su mirada, que oscila entre la nuca del desconocido y él, el desconocido y él, el desconocido, él. Todos los demás pasajeros ven hacia el suelo, pero este tiene algo raro. Ya dio su billetera y su teléfono. Tal vez siente el mismo odio que Figurín. De pronto, en una curva que obliga a quienes vayan parados a sujetarse con ambas manos de la barra del techo, el hombre del asiento de la llanta desenfunda un arma, el payaso cierra los ojos y hunde su cabeza entre los hombros como una tortuga, piensa que es inminente salpicarse de la sangre del desconocido que manosea a la muchacha. Se alegra un poco por la muerte del que considera una porquería de hombre. ¡Pum! La bala se ha incrustado en el costado del payaso. Cae inanimado y sin darse cuenta del impacto, es hasta que ve el piso en su cara que nota que el disparo ha sido para él. El rapado corre con la vista hacia la puerta mientras dispara a ciegas, esquivando los otros tiros del pasajero armado. Baja de un salto sin que alguien pueda decir cómo y en donde va a caer. A Figurín se le va la voz hacia el fondo de un pozo oscuro del que no hay regreso. Ya no puede defenderse. Seguro los periódicos dirán que era un cómplice. Sus compañeros payasos comentarán que seguro andaba implicado en más cosas malas. Qué pensaría su esposa. Qué vergüenza. Qué vergüenza.
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